La revolución que “amenaza” a Castro

Los bajos salarios no le permiten a los cubanos acceder a la tecnología.

En medio de la revolución tecnológica y con la salida de su histórico presidente, los cubanos enfrentan el siglo XXI con las mismas restricciones de hace cincuenta años.

Por Andrés Gamonal, María Jesús del Pozo y Luis Felipe Zúniga.


¡Partieron! Al igual que en las carreras de caballos, la competencia tecnológica ya comenzó. Desde Fidji a Malta y de Islandia a Madagascar, las importaciones de artículos eléctricos son cada vez mayores. Los nuevos artefactos causan asombro y fanatismo entre los consumidores, que corren desesperados a los almacenes en busca de aquel plasma o aquel iPhone con el que presumirán ante sus amigos.

Mientras Estados Unidos y las grandes potencias celebran tratados de libre comercio para exportar sus productos, y los latinoamericanos disfrutan de la televisión satelital, la telefonía móvil y la Internet, hay una pequeña isla, cuna del ron y de Buena Vista Social Club, ubicada a escasos kilómetros del gigante norteamericano, que aún vive en la época de las cavernas.

En abril del 2008, Raúl Castro autorizó la venta de equipos móviles.

La República de Cuba, que hasta la llegada de Fidel Castro se conoció como el “prostíbulo norteamericano”, por las inversiones y lavados de dinero que hacían los “yankees”, padece hace varios años un bloqueo económico, el que hasta la caída del Muro de Berlín no afectó su economía. Sin embargo, con la disolución de la URSS y la llegada de Boris Yeltsin al Kremlin se terminaron los subsidios rusos, que engrosaban las arcas de la administración castrista.

Aunque desde el arribo al poder de Raúl Castro – en julio de 2006 – la isla goza de una mejor valoración en el concierto internacional, lo que le ha permitido abrir relativamente la economía y crecer a un ritmo del siete por ciento anual, lo cierto es que el acceso que los cubanos tienen a los bienes de consumo es mínimo.

Hoy, a diferencia de la década pasada, las vitrinas de los principales almacenes de La Habana exhiben equipos celulares, televisores y hasta computadores portátiles, los que llenan de ilusión y deseo la mente de cientos de niños y adultos, pero que difícilmente llegarán a sus hogares.

Aunque no le gusta la tecnología, el ex presidente tiene dos teléfonos celulares.

Más grave que la falta de artefactos que ayuden a solucionar las tareas domésticas y entreguen espacios de ocio, el limitado y controlado acceso que tienen los cubanos a las comunicaciones, especialmente a Internet, constituye una realidad impensada para cualquier ser humano acostumbrado a chatear, leer diarios y descargar música.

En 1996, el gobierno comunista promulgó el decreto ley 209, que establece que la utilización de Internet no puede llevarse a cabo “violando los principios morales de la sociedad cubana o las leyes del país”, y que los mensajes electrónicos “no deben comprometer la seguridad social”.

Junto a la normativa, el Estado compró casi la totalidad de los computadores e implantó un sistema que permite a los cubanos navegar en sitios nacionales y comunicarse sólo con sus compatriotas. Si quisieran acceder al universo de la World Wide Web, más conocida como la “triple doble w”, los isleños deben argumentar que su ingreso aportará al desarrollo de la nación.

En La Habana sólo hay un cibercafé.

Pero, como buenos políticos, los miembros de la casta dirigente no podían permitir que el pueblo les reprochara su indiscriminado control. Por eso, en 2004, Fidel Castro impulsó un plan de 35 millones de dólares denominado Conectividad para todos”, que promovía el acceso de los cubanos a la red mundial. A poco andar, y después de anunciar el proyecto con bombos y platillos, el gobierno decidió sacarlo de circulación porque constituía una amenaza al sistema. Incluso, el ministro de Telecomunicaciones, Ramiro Valdés, aseguró que “Internet es una herramienta de exterminio global que hay que controlar a cualquier precio”.

Ahora, si la administración de Castro eliminara todas las barreras legales a Internet, de todos modos los cubanos no incrementarían su acceso ¿Por qué? Una hora de conexión cuesta cuatro dólares, lo que equivale a un tercio del sueldo promedio de los trabajadores de la patria de Fidel.

El estado castrista tiene todo tan bien planificado para combatir a los posibles “contrarevolucionarios” que surjan por el ciber envenenamiento provocado por las ideas de los países neo liberales, que fijó penas de cinco años de cárcel contra los que utilicen la red con “fines sediciosos”.

A 49 años de la revolución, Cuba continúa padeciendo la misma enfermedad. Una enfermedad que la deja fuera de los avances tecnológicos, una enfermedad que la posiciona como una de las naciones más pobres de Latinoamérica, una enfermedad que limita las libertades y accesos de sus habitantes, una enfermedad que se llama esquizofrenia. Pero no es cualquier esquizofrenia, sino que una de índole política, en la que sus líderes condenan al pueblo a vivir en el retraso con tal de permanecer en el poder.

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